Hace unos meses inicié la saga de mis sueños profesionales frustrados hablando sobre mi deseo de haberme dejado llevar por las sendas del arte o la literatura, pero que, por cuestiones extravagantes que tiene esta vida perra, no había podido hacerlo.

Otra de mis frustraciones, quizá la que debería estar en cuarto lugar detrás de la Biología, pero que me inspiraba más hoy que hablar de bichos y genética, es el ajedrez.

Nunca he sabido jugar al ajedrez, pero siempre me ha atraído. Cuando se ha vivido poco, es fácil distraer a la inquietud. A veces, para que los niños no desvíen la atención de lo que parece importarles, hay que guiar un poco su compleja mente inmadura. A la mía no la guiaron, así que si en algún momento mostré interés por el ajedrez, en mi entorno nadie le otorgó la más mínima consideración.

Recuerdo que mi padre me enseñó a jugar. A mover las piezas, mejor dicho. Es curioso que muchos niños aprenden las nociones básicas del ajedrez a temprana edad. Ignoro qué causas pueden explicar el hecho de que sólo un número reducido se sumerja de verdad en su práctica. En mi caso debió de ser consecuencia de varios factores: el primero es que en mi familia nadie lo practicaba en serio. Mi padre, intuyo, sabía (y sabe) poco más de lo que me enseñó (ahora ya no, supongo). Mi madre creo que sólo tocaba las piezas para guardarlas otra vez en el cajón. Y entre mis hermanos el interés por el ajedrez era nulo. Un entorno de escaso conocimiento en este milenario arte no parece muy propicio para desarrollar el juego.

Otro factor era mi inconstancia infantil. Las cosas que llamaban mi atención lo hacían por un breve periodo de tiempo, que concluía con la aparición de un elemento distractor que me evadía de mis intereses. Por eso digo que la mente de los niños necesita guías. Fui mucho más persistente con el dibujo que con el ajedrez, lo admito. Pero la experiencia apoya que los ajedrecistas más fuertes aprendieron el juego a corta edad. La experiencia, en general, muestra que el cerebro infantil es tan maleable y tan flexible que si ha de surgir un genio lo hará entonces, y si ha de destruirse, también sucederá entonces.

No hay mucho más que decir de mi no estimulada afición por el ajedrez. Quizá detalles que recuerdo. Recuerdo tener el ajedrez entre las manos y jugar contra el peor rival de todos: un@ mism@. Pero no era aliciente: sabía que de todos modos ganaría yo, XDDD. También recuerdo a mi madre regañándome por dejarme las piezas por ahí y no guardar el tablero en el cajón. Recuerdo una noticia en la televisión sobre un importante torneo de ajedrez y algún mítico jugador ruso, ayá por finales de los 80. Recuerdo a mi padre decirme que el ajedrez es el juego de las mentes geniales y que no todo el mundo estaba capacitado para jugarlo bien. Ahora pienso que eso es una estupidez, que por esa regla de tres el atletismo es el deporte de los músculos geniales y no todo el mundo está capacitado para correr con gracia hasta la parada del autobús, XDDD.

Cuando tenía 11 años, un monitor de ajedrez vino al colegio con el serio propósito de formar un equipo e instruir a los alumnos que así lo desaearan. Los profesores se encargaron de que todos tuviéramos noticia de la actividad. A mí se me encendió la bombilla. Pensé: "Ésta podría ser una oportunidad para empezar...". Pero dudé. Dudé mucho. Por un lado, porque tenía la idea de que sólo las mentes geniales juegan bien. Por otro, porque el ajedrez no era nada popular en clase. Hubo muchas risitas estúpidas cuando la profesora nos comentó el asunto. Mis compañeros asociaban el ajedrez con niños pedantes y empollones que no querían tiempo para otras cosas. Con 11 años me dejé llevar por el temor al rechazo y no me metí en el equipo. De hecho, creo que nadie de los casi 500 alumnos de ese centro se interesó (abiertamente) en ello. Y el equipo no se hizo. Los prejuicios y los absurdos preadolescentes vencieron una tímida intención en mí, que así murió casi por completo.

A los 17 años empecé a salir con un chico. Físicamente jamás lo habría asociado con ello: tenía en la cabeza otro tipo de imagen para un ajedrecista, y, sin embargo, era federado. No era fuerte, pero jugaba. Fue la primera persona que conocí que realmente perteneciera al mundo del ajedrez. Poco después de empezar a salir se inscribió en un torneo buscando el ascenso. Yo le acompañaba, pero no le di demasiada suerte, XDDD. De todos modos, sus aspiraciones no apuntaban muy alto: en el fondo prefería estancarse a ascender a una categoría superior y quedar último en ella. Soy bastante competitiva, así que me resultaba muy absurda su forma de pensar. Intentó enseñarme a jugar, pero siempre me pareció complicado. Y él iba dejando de lado el ajedrez. Otras cosas en su vida habían adquirido, con el tiempo, más valor.

Hasta el año pasado no volví a pensar en el ajedrez más. Me había resignado a no sentirme digna de jugarlo. Un día de casualidades (causalidades, como dice un amigo... XDD), encontré un folleto en la repisa de la conserjería del edificio de Física. Me había puesto en la larguísima fila de reprografía para comprarme unas fotocopias y mientras esperaba el lento avance, su color amarillo despertó mi atención. Lo cogí y lo leí: "¿Te gustaría jugar al ajedrez? Curso impartido por el MI XXX (omito su nombre). Dos créditos de libre elección". Fantástico. Esta vez no lo dejaría escapar. Miré la fecha límite de inscripción: ese mismo día, y el curso comenzaba al día siguiente. Que no cunda el pánico: me matriculé en un parpadeo, XDDD.

En el curso conocí a un verdadero ajedrecista: el monitor, Maestro Internacional. Además, muy buen monitor y con mucha experiencia. Nos enseñó un poco de todo, lo que dieron de sí 30 horas, que realmente es muy poco tiempo. Jugamos entre nosotros y jugamos contra él. Cuando me llegaba el momento del juego frente a frente solía pasarlo un poco mal, porque éramos impares y siempre me tocaba el profesor, XDDD. Me ganaba sin mirar, haciendo el pino y en menos de 30 movimientos. Me paseaba su conocimiento ajedrecístico por todo el tablero y yo siempre acababa sufriendo y con cara de haba, XDDD. No me importaba, me hacía sentir bien jugar contra alguien tan fuerte, aunque sólo fuera para perder. Pero el curso llegó a su fin. Y ya no tenía posibilidad alguna de seguir formándome. No hay cursos de iniciación para adultos en los clubes de ajedrez. Y para uno que encontré, me era totalmente incompatible con el resto de mi vida.

Siempre me he reprochado no haber sido más independiente de la opinión de los demás cuando tuve que serlo. Ahora juego un poco, intentando compensar lo que no he hecho, lamentándome a veces por ser tan mala, XDDD.

En realidad, nunca ha sido un sueño profesional, es sumamente difícil vivir del ajedrez, y jugar al ajedrez, en fin, defenderse chapuceramente aunque sea, quiero decir, no es tan complicado con los conocimientos básicos y un poco de habilidad; pero sí es un sueño frustrado para mí el no jugar bien y el no haber desarrollado esa actividad en mi vida.

Besinhos from Anita B.